La nueva normalidad: Sujetos de consumo para la libertad monitoreada
05/16/2020

La pandemia que recorre el mundo se presentá como una de las primeras alarmas rojas que enciende la idea de un mundo globalizado, y con ello, nos acercó a vivir la experiencia más compleja de los últimos 100 años a niveles de humanidad. Luego de meses de confinamiento mundial, nadie ignora que ha convulsionado al conjunto de las relaciones sociales, y conmociona a la totalidad de los actores, de las instituciones y de los valores.

Las políticas de gestión del coronavirus han obligado a un repliegue forzoso de las sociedades y de los individuos a sus ámbitos más íntimos, nos hemos visto en la necesidad de reflexionar sobre la responsabilidad colectiva de habitar en un mundo frágil. Seguramente estamos frente a una radical transformación de cómo estamos entendiendo la vida individual y colectiva, y con ella el mismo destino de la globalización.

La “nueva normalidad” que se instaura a partir de ahora, requiere que se comprenda la convivencia con el virus, y por ello, nuevas normas de comportamientos yo acciones, muchas enfocadas en la higiene y seguridad, muchas otras, referidas acciones coercitivas, como la no circulación nocturna, o la posibilidad de transitar de manera limitada.

Hace unas semanas en nuestra provincia se comenzó con el procesos de flexibilización de una cuarta fase, que prevé la circulación de al menos el 75% de la población. El eje de este proceso, estuvo enmarcado en los grandes costos económicos del aislamiento social y obligatorio, en una coyuntura donde el 45% de la población está en términos de informalidad con respecto a sus puestos laborales, así como la necesidad de retomar las actividades comerciales para poder sustentar los salarios de aquellos que gozan de la posibilidad de tenerlo.

Cuando se diseñaron las medidas de reactivación se consideraron protocolos, que son los que deben formar la primera barrera de prevención, los mismos dejaron grandes incógnitas frente a los derechos ciudadanos. Se puede circular, pero no en transporte público, según terminación de DNI y con certificado de circulación expedido por la policía, ello implica, reconocer que la “nueva normalidad” se trata del control exhaustivo sobre los cuerpos y su circulación por el espacio público, ahora reducido a un espacio solo para satisfacer la necesidad de consumo.

A su vez, para poder rencontrarse con los familiares uno debe indefectiblemente contar con el dinero necesario para costear un almuerzo en un restaurante, pues aun no se encuentra, de manera legal, la posibilidad de reunirse en el ámbito privado. En este sentido, la Lic. María Virginia Galindez, en conversación con La750 Salta, reflexionaba “Esto hace que nos estemos sintiendo con ciertos malestares frente al aislamiento obligatorio, porque justamente estamos atravesados por el mandato de consumir”

En una sociedad que con precisión se denomina “de consumo”, podríamos decir que consumir, o no consumir, o consumir de una determinada manera, es una forma de participar, actualmente y en el marco de la “nueva normalidad”, también es lo que te permite circular, siempre bajo el yugo del control. Podría decirse, en más de un sentido, que nuestra capacidad de consumir es lo que nos constituye actualmente como sujetos políticos, sujeto de derechos y libertades.

Entender que para enfrentar la pandemia es casi obligatorio gestionar la movilidad humana, no implica obviar, que es una metodología que paraliza casi todas las vías del accionar social autónomo, en lo político y en lo social. Como lo expone el académico, Gerónimo de Sierra, hoy las masas de estudiantes pobres y de clase media, los trabajadores informales o mal pagos, las mujeres y los niños de bajos ingresos, los sindicatos, los movimientos feministas, los partidos y movimientos sociales, son quienes tienen las agendas llenas de reclamos urgentes. Y son esos reclamos los que han de quedar postergados y agravados, ya que la cuasi paralización de las economías regionales y la vida política normal ha de dramatizar aún más las desigualdades y la pobreza de grandes sectores de la población.

Por Camila Binda

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